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lunes, 4 de abril de 2011

Teoria del conocimiento.


La Gnoseología o Teoría del Conocimiento es una de las ramas clásicas de la Filosofía. Ya los antiguos filósofos griegos la trataron extensamente, llegando a explorar muchas de las sendas posibles: idealismo, realismo, empirismo, escepticismo.
En la Modernidad, la problemática del conocimiento se transformó en una cuestión crucial para los filósofos. La búsqueda de la certeza y la indagación por los límites del conocimiento atravesó toda esta etapa, desde Descartes hasta Kant, pasando por Hume y los demás empiristas ingleses.
En el cuadro que se encuentra a continuación aparecen los nombres de algunos de los filósofos que más se destacaron por sus aportes en este campo. Siguiendo los enlaces se accede a una presentación esquemática de la forma en que concibe el conocimiento cada uno de ellos acompañada en cada caso de una breve explicación.

  • Idealismo: PLATON

  • Realismo: ARISTOTELES – DESCARTES

  • Empirismo: HUME

  • Criticismo: KANT

Martin HEIDEGGER

Nació en Alemania en 1889. Cuando era estudiante secundario en Constanza, el párroco le regaló la obra de Brentano Sobre los diversos sentidos del ente en Aristóteles, hecho que el propio Heidegger consideraba como el punto de partida de su camino filosófico. A los veinte años ingresó en el seminario de los jesuitas en Friburgo, pero a las dos semanas el maestro de novicios le pidió que abandonara la congregación, según parece porque su salud era endeble. Ingresó entonces al seminario diocesano de la misma ciudad y estudió Teología en la universidad. Allí cursó los dos primeros años hasta que, en 1911, dejó la Teología por la Filosofía. Durante la Primera Guerra se ofreció como voluntario, pero, por problemas de salud, en vez de enviarlo al frente lo asignaron a la censura de la correspondencia. Entre 1919 y 1923 fue asistente de Husserl en la Universidad de Friburgo, con quien se inició en el método fenomenológico, que luego haría suyo.
Desde un principio su tarea docente llamó la atención y su fama se extendió por toda Alemania. Lo que atraía era su afán por replantear todo desde el comienzo. En su esquema cobraban vida los autores antiguos, desgastados y repetidos mecánicamente en la cotidianeidad de las aulas. En 1927 publicó su obra más famosa, Ser y Tiempo, la cual desde un comienzo causó sensación. Al retirarse de la Cátedra de Filosofía de la Universidad de Friburgo, por lo avanzado de su edad, Husserl recomendó a Heidegger para el cargo y éste asumió así la titularidad.
Hitler tomó el poder en Alemania en 1933. Su gobierno nombró a Heidegger Rector de la Universidad de Friburgo y éste aceptó el cargo. En su discurso inaugural utilizó un lenguaje muy cercano al del nazismo de la época, hablando del "destino de la nación" y de "la misión espiritual del pueblo alemán". Al poco tiempo, Heidegger comprendió que, con la nueva estructura política, el control de la universidad no recaía ya sobre el rector sino sobre los estudiantes afiliados al partido nazi, por lo que, al año siguiente de haber asumido, presentó su renuncia, continuando con la tarea docente. Este paso por el nacional socialismo (los rectores debían ser afiliados al partido) le valió el rechazo de muchos al término de la Segunda Guerra Mundial, en especial en Francia (el otro gran centro filosófico junto a Alemania), donde su filosofía era muy poco difundida. Sin embargo, con el paso de los años se comenzó a distinguir su actuación política de su filosofía, siendo ésta revalorizada y admirada por su profundidad.
Falleció en 1976 y, por pedido suyo, fue enterrado según el rito de la Iglesia Católica junto al campanario de la iglesia de su ciudad natal. Uno de sus sobrinos, sacerdote, presidió el oficio.
El tema en torno al cual gira su pensamiento es el ser. Por eso quienes lo escuchaban sentían revivir a los clásicos, ya que a comienzos del siglo XX parecía imposible oír hablar del "ser" fuera de los círculos neoescolásticos. Pero Heidegger no olía a viejo porque su método era contemporáneo: el fenomenológico. Él denunció "el olvido del ser" en el que había incurrido la Metafísica al dejar de pensar la "diferencia ontológica", la diferencia entre el ente y el ser. Él descubrió en este olvido la raíz de la actitud que el hombre occidental había adoptado frente a la Naturaleza en la Modernidad. De ahí que él entienda que la Ciencia y la Técnica no son lo opuesto de la Metafísica, sino más bien su continuidad histórica, así como el nihilismo es su consecuencia última. En los escritos posteriores a Ser y Tiempo, Heidegger asigna mayor protagonismo al ser que al hombre, y no plantea tanto la necesidad de generar un cambio de actitud frente al ser sino la esperanza de que sea el propio ser el que se nos muestre de un modo diferente y nos permita establecer con él una relación más rica.
Los estudiosos suelen dividir el itinerario filosófico de Heidegger en dos etapas: "El Primer Heidegger", el de Ser y tiempo, que estudiaba al ser en el horizonte humano y profundizaba la reflexión sobre el hombre en cuanto ser capaz de plantearse la pregunta por el ser; y "El Segundo", que en las obras posteriores seguirá reflexionando el ser pero de un modo más directo, abordando otras temáticas, como la Poesía y la Técnica.

Friedrich NIETZSCHE.

Al igual que Kierkegaard, Nietzsche fue un apasionado defensor de la individualidad. Ello lo diferencia de Marx, quien criticaba a la sociedad moderna pero desde una visión colectivista. Su método genealógico, y su psicología del resentimiento y la sospecha, hicieron de él un precursor de los psicoanalistas del siglo XX.
Nietzsche nació en 1844 en la casa parroquial de Röcken (Alemania). Su padre, sus abuelos y sus bisabuelos eran pastores protestantes. Su padre falleció cuando el pequeño Friedrich tenía cuatro años de edad. Era un niño ensimismado y de extrema rectitud de conciencia, al punto que sus amigos lo apodaban "Pequeño Pastor".
Al ingresar a la escuela secundaria, estudió piano y comenzó a componer pequeñas obras musicales. A partir de los catorce años, prosiguió sus estudios como interno en la prestigiosa escuela de Pforta, donde recibió una sólida formación científica, literaria y religiosa, aprendiendo griego y latín y leyendo a los clásicos en su lengua original.
A los diecisiete años comenzó a sentir dudas de fe. Al salir de Pforta, se inscribió en la carrera de Teología, por insistencia de su madre, pero al mismo tiempo se anotó en Filología. Concluido el primer semestre, dejó definitivamente la Teología para dedicarse a la Filología. En 1865 leyó a Schopenhauer, cuyas afirmaciones lo conmovieron. Para ese entonces ya había dejado atrás la fe cristiana.
En 1867 ingresó en la Caballería para participar en la guerra entre Prusia y Austria, y en 1869 fue nombrado Profesor de Filología de la Universidad de Basilea (Suiza). En 1870 dejó por poco tiempo la universidad para ejercer como voluntario en los cuerpos de sanidad durante la Guerra Franco-Prusiana. A su regreso, en Basilea, conoció al famoso músico Wagner, con quien estableció una amistad que duraría varios años.
Sin embargo, su promisoria carrera universitaria se vio truncada por problemas de salud. Sufrió migrañas recurrentes y vómitos, que se hicieron cada vez más frecuentes, impidiéndole realizar su labor. En 1879 solicitó ser relevado de su cargo y se le asignó una pensión, lo que le permitió vivir dedicado exclusivamente a la escritura. Nietzsche viajó entonces por el sur de Alemania, Suiza y el norte de Italia, buscando un clima más favorable para sobrellevar sus dolencias.
A principios de 1889, en Turín, sufrió un ataque del que ya no pudo reponerse. Vivió sus últimos años atendido primero por su madre y, luego del fallecimiento de ésta, por su hermana, hasta su muerte en el año 1900.
Entre sus obras se destacan El origen de la tragedia en el espíritu de la música, Aurora, La gaya ciencia, Así habló Zaratustra, El anticristo, Más allá del bien y del mal, Ecce homo y La voluntad de poder.
Nietzsche sostenía que las creencias en Dios, la Moral y la Metafísica se han revelado inconsistentes; que su origen no se encuentra sino en el hombre, en el hombre débil y sufriente que no puede superar por sí mismo su dolor y busca consuelo en el más allá. Por eso habla de la "muerte de Dios" y propone un nuevo tipo de hombre: el súper-hombre. Paralelamente, advierte sobre el peligro de que nuestro tiempo dé a luz al más bajo de los hombres, al "último hombre", que no vive ya la grandeza alienada del hombre clásico pero tampoco llega a la propia del súper-hombre. El "último hombre" es aquel que se conforma con lo superficial, que no se conmueve ni por la "muerte de Dios". A este tipo de hombre Nietzsche lo considera despreciable. En cambio, en varios pasajes muestra admiración por los santos y los miembros del alto clero de la Iglesia Católica, no por su fe sino por su autoexigencia. Nietzsche fue, indudablemente, una persona de espíritu aristocrático.
«Dios ha muerto», dicía Nietzsche. La concepción según la cual el mundo tiene un orden y sentido, ya sea éste inmanente o trascendente, ha sido superada. El hombre ha tomado conciencia de que todo lo que consideraba como sagrado, santo, bello y bueno, no lo era en sí mismo sino porque él lo valoraba así. El hombre se descubre como aquel que valora, aquel que da sentido. La vida tiene el sentido que nosotros le damos y en ello reside la grandeza del hombre. Ya no podemos hablar de un bien y un mal objetivos. Por eso, en Así habló Zaratustra, su obra más famosa, el personaje central es el predicador persa que siete siglos antes de Cristo enseñó que había un Principio del Bien y un Principio del Mal. En la obra, Zaratustra viene a enmendar su error, a decirnos que no hay un bien y un mal en sí mismos. El bien y el mal son lo que nosotros hacemos que sean, pero nosotros estamos "más allá del bien y del mal".

George Wilhelm Friedrich Hegel

Hegel nació en Estútgart, en 1770. 
Cuando se encontraba estudiando en el Seminario de Tübingen tuvo lugar un fenómeno político de inmensa magnitud: la Revolución Francesa. Desde un comienzo Hegel se mostró entusiasmado por este hecho y durante toda su vida siguió festejando, año tras año, el día de la toma de la Bastilla.
El joven Hegel tenía en la polis griega su ideal. Según él, el hombre se sentía en la polis en su ámbito propio. Por eso no necesita proyectar su felicidad en un imaginario más allá, en otro mundo. En la polis se hacían realidad los ideales de belleza, felicidad y libertad.
Cuando empezaron a llegar a Tübingen las primeras noticias de lo que estaba ocurriendo en París, Hegel interpretó que lo que se trataba de hacer allí era recrear la polis griega en una nación moderna. Por eso decía que aquello que la Naturaleza había regalado a los griegos, era ahora construido conscientemente por los franceses.
La razón se hacía cargo de la Historia. Quedaban atrás las oscuridades de los tiempos pasados. Ahora el hombre, consciente de sus derechos, no sólo reclamaba su respeto sino que lo imponía. De ahora en más, el estado y las decisiones de gobierno deberían respetar la racionalidad, someterse a la crítica de la razón.
A medida que comenzó a evidenciarse que lo que ocurría en Francia era mucho menos la instauración de la libertad que la dominación por medio del terror, Hegel se distanció de la revolución, aunque siempre continuó fiel al espíritu que la animó en los primeros días.
Hegel explicó lo que ocurría en Francia sosteniendo que era contradictorio pretender imponer la libertad. Los revolucionarios, en nombre del ideal universal de la libertad, negaban las particularidades de los franceses comunes, en especial su fe cristiana. Al negar lo particular, lo universal termina particularizándose. Para mantener la totalidad era necesario no negar sino incluir toda particularidad.
Esta reflexión lo llevó a pensar que el mejor modo de comunicar los ideales humanistas y universales de la revolución era a través de aquello que el pueblo más amaba, a través de Jesús. Por esta razón escribió un nuevo evangelio, su Vida de Jesús (1795). En él Jesús se convertía en el comunicador o divulgador de la filosofía kantiana, la filosofía de la autonomía del sujeto. Pero las críticas que Hegel iba dirigiendo a Kant terminaron por llevarlo a buscar otros rumbos. Hegel reflexionó entonces en la praxis de Jesús, el amor incluso al enemigo, y comprendió que ella es una forma práctica de vivir la integración de las particularidades y la realización del universal. El odio niega y por tanto afirma al otro como otro, como opuesto. Pero el amor lo integra en la bella totalidad. De todos modos, Hegel también terminó distanciándose de Jesús y buscó el modo no ya de vivir la totalidad sino de pensarla. Para ello elaboró una nueva lógica, la dialéctica. La dialéctica es la lógica que reúne a los opuestos en una nueva síntesis que los abarca y los supera, una lógica de procesos, una lógica que, según Hegel, rige tanto al pensamiento como a la Naturaleza.
Esta lógica le permitió a Hegel pensar la Historia Política y la Historia del Arte, la Religión y la Filosofía como un camino cargado de sentido, por el que se va desplegando el espíritu en síntesis cada vez más complejas, más ricas y más abarcativas.
Hegel entendía que la Naturaleza no es sino la Idea que ha salido fuera de sí, que se ha alienado, para poder conocerse. (La Idea, según él, es como Dios antes de la Creación.) El hombre, por lo tanto, es el momento de la aparición del Espíritu, de la autoconciencia. A través del hombre, Dios comienza a tomar conciencia de sí. Todo tiene sentido, todo está ordenado a un fin. Todo se despliega como la pequeña semilla que se convierte en un frondoso árbol.
La filosofía de Hegel fue tan grandiosa y compleja que muchos de los filósofos posteriores construyeron sus propias filosofías a partir de trozos de la gigante obra hegeliana.

Immanuel Kant.


Immanuel Kant, considerado por muchos el filósofo más importante de la Modernidad, nació en la ciudad de Königsberg (por entonces la segunda ciudad del reino de Prusia; hoy perteneciente a Rusia con el nombre de Kaliningrado) en 1724. Fue educado en un ambiente luterano. Estudió a los clásicos en su formación inicial, y Física y Matemática en la universidad. El fallecimiento de su padre lo obligó a trabajar como profesor particular, por lo que demoró unos años en obtener el título de Doctor en Filosofía. Una vez recibido se abocó a la tarea docente en la Universidad de Königsberg. Allí se desempeñó como Profesor de Matemática, Ciencias y Filosofía, pero recién en 1770 fue nombrado Profesor Titular de Lógica y Metafísica. Con la publicación de la Crítica de la razón pura ganó fama rápidamente. El tono racionalista de sus reflexiones teológicas llevaron al rey Federico Guillermo II de Prusia a prohibirle enseñar o escribir sobre el tema (1794). El filósofo respetó esa orden hasta la muerte del rey. Kant era físicamente débil, pero vivió muchos años gracias a su metódico régimen de vida. (Se dice que sus vecinos ponían los relojes en hora al verlo pasar.) Falleció en su ciudad natal, en 1804, sin haber salido nunca de los límites de su provincia.
Entre sus obras se destacan la Crítica de la razón pura (1781), los Prolegómenos a toda metafísica del futuro (1783), la Fundamentación de la Metafísica de las Costumbres (1785), la Crítica de la razón práctica (1788), la Crítica del juicio (1790) y La Religión dentro de los límites de la mera razón (1793). La lectura de sus obras presenta dificultades por la complejidad de los temas tratados y por los tecnicismos que utiliza el autor.
Kant se formó en el racionalismo de Wolff, pero —según sus propias palabras— despertó de su "sueño dogmático" al leer a Hume. El empirista inglés lo hizo caer en la cuenta de que las afirmaciones y reflexiones de su metafísica racionalista carecían de fundamento sólido. Conceptos centrales como los de "substancia" y "causalidad" quedaban, luego de la crítica a la que los sometía Hume, reducidos a mera costumbre.
Kant no podía adherir sin más al empirismo pues éste sostenía que fuera de la Lógica y la Matemática (que realizan juicios analíticos, en los que el predicado está implícito en el sujeto —por ejemplo, «El triángulo tiene tres lados»—) era imposible realizar juicios a priori (independientes de la experiencia) necesarios y de validez universal. De este modo negaba la posibilidad de lograr nuevos conocimientos, ya que los juicios analíticos no amplían el saber sino simplemente explicitan lo ya sabido. Los juicios sintéticos (por ejemplo, «La mesa es azul») —según Hume— sólo son posibles a posteriori y, si bien nos permiten adquirir nuevo conocimiento, el conocimiento que nos brindan no tiene validez universal.
Con la mirada puesta en la física newtoniana, Kant afirmaba que, además de los juicios analíticos a priori y de los juicios sintéticos a posteriori, también eran posibles los juicios sintéticos a priori. Justamente la Ciencia, cuyo ideal es ampliar nuestros conocimientos, busca juicios sintéticos universales y necesarios. Kant no se preguntaba si semejante pretensión estaba justificada porque Newton ya había demostrado que sí. Lo que hizo fue indagar en las "condiciones de posibilidad" de dichos juicios.
Kant superó el racionalismo y el empirismo enfocando desde otro punto la cuestión del conocimiento. A este cambio se lo llama "giro copernicano" o "revolución copernicana". Así como Copérnico revolucionó la Astronomía al sostener que no era la Tierra el centro alrededor del cual giraban los cuerpos celestes sino que era el Sol el astro alrededor del cual giraban la Tierra y todos los planetas del sistema solar, al estudiar la relación objeto-sujeto, que se encuentra a la base del problema gnoseológico, a diferencia de sus predecesores, Kant puso en el centro al sujeto. Él sostenía que los filósofos anteriores (racionalistas y empiristas) habían puesto el acento en el objeto de conocimiento: discutían sobre qué conocemos. Unos afirmaban que conocemos ideas por medio de la razón y otros fenómenos a través de los sentidos; pero ambos coincidían en que conocer es reproducir las cosas de un modo pasivo, receptivo, dejándose impresionar por ellas. Kant decía que el centro del problema no era qué conocemos (pregunta por el objeto) sino cómo conocemos (pregunta por el sujeto). Según Kant, el sujeto no encuentra el objeto de conocimiento sino que lo construye, es un "sujeto activo".
El conocimiento requiere de la presencia de dos factores: por un lado, la razón (forma) independiente de la experiencia, la cual posee las formas y categorías a priori que son condición de posibilidad del conocimiento y sin las cuales las meras impresiones serían "ciegas"; por otro lado, las impresiones (materia), sin las cuales las formas y categorías de la razón permanecerían "vacías".
La razón está constituida por las "formas a priori de la sensibilidad" (espacio y tiempo), las "categorías del entendimiento" —relativas a la cantidad (unidad, pluralidad y totalidad), a la cualidad (realidad, negación y limitación), a la relación (substancia/accidente, causa/efecto y reciprocidad) y a la modalidad (posibilidad, existencia y necesidad)— y las "ideas de la razón pura" (alma, mundo y Dios).
El espacio, el tiempo, la causalidad, y la substancia, no son propiedades de las cosas tal como son en sí mismas, con independencia del sujeto que las conoce. Por el contrario, es el propio sujeto el que dota al objeto de estas formas que él posee a priori, con independencia de la experiencia y como condición de posibilidad de toda experiencia. Por lo tanto, el objeto de conocimiento no es el noúmeno (la cosa en sí misma) sino el fenómeno, que construye el sujeto a partir del "caos de sensaciones" (o "rapsodia de impresiones") que le aporta la experiencia, ordenándolo según sus formas y categorías a priori.
Kant concedía a los empiristas que todo conocimiento comienza con la experiencia. Sin el aporte de la experiencia, las formas de la razón permanecerían vacías. Pero agregaba que no todo el conocimiento proviene de la experiencia, ya que sin lo que el sujeto aporta —y que posee con independencia de toda experiencia— el conocimiento no sería posible. De este modo marcaba también límite dentro del cual el conocimiento es posible: no cabe preguntarse por las cosas mismas. (Por esto algunos dicen que con Kant terminó la Metafísica.) Las ideas de la razón pura (Dios, alma y mundo) permanecen vacías, porque no tenemos impresiones que las doten de contenido. De todos modos, se debe aclarar que Kant  no presenta a estas ideas como carentes de sentido o caprichosas. La razón, por su propia naturaleza, tiende a realizar síntesis cada vez más abarcativas y en esta tendencia va más allá de lo que la experiencia nos da, y de lo que puede llegar a darnos, e intenta construir la síntesis última: las ideas de alma (síntesis de todos los actos del sujeto), mundo (síntesis de todos los fenómenos) y Dios (síntesis de todos los objetos del pensamiento).
Al tratar la "razón práctica" (la razón que determina la acción del hombre), Kant también defiendía la autonomía del sujeto. Él sostenía que la conciencia moral es el reino de lo que debe ser, en oposición a la Naturaleza, que es el reino del ser. “Las leyes son, o leyes de la Naturaleza (leyes por las cuales todo sucede), o leyes de la libertad (leyes según las cuales todo debe suceder). La ciencia de las primeras se llama ‘Física’; la de las segundas, ‘Ética’.” Mientras en la Naturaleza impera la necesidad, la causalidad, en la conciencia moral encontramos un imperativo categórico que manda a un sujeto libre, que puede o no obedecer. El imperativo es "categórico" («Debes trabajar») y no "hipotético" («Si quieres sentirte útil, tienes que trabajar»), porque este último depende de una circunstancia (que yo quiera o no sentirme útil). El imperativo moral manda más allá de cualquier circunstancia o situación concreta.  
Como el hombre no es sólo racional sino también sensible, al actuar no se halla sólo bajo el dominio de la razón sino también del de las inclinaciones. Por eso al hombre el buen obrar se le presenta como un deber, una obligación, una exigencia muchas veces opuesta a sus inclinaciones. Y justamente en la medida en que el hombre actúa por deber, su obrar es moralmente bueno. Porque el valor moral de una acción no depende de lo que se pretenda lograr con ella sino del principio o "máxima" por el cual se la realiza. 
Kant formuló el imperativo categórico de diversas maneras (no opuestas, sino complementarias). De ellas cabe destacar dos: «No obres nunca sino de manera que puedas querer que la máxima que rige tu obrar se transforme en ley universal.» (No busques privilegios, ley privada, ni excepciones. Piensa qué pasaría si todos obrasen del mismo modo. No hagas lo que no te gustaría que otros hicieran.) «Obra de tal modo que uses a la humanidad —tanto en tu propia persona como en la persona de cualquier otro— siempre como un fin, nunca como un medio.»
En cuanto a la posibilidad del bien supremo (moralidad + felicidad), Kant afirma que es necesario postular la inmortalidad del alma y la existencia de Dios. Porque “no hay el menor fundamento para establecer una conexión entre la moralidad y la felicidad […]. Sin embargo, en el problema práctico de la razón pura, es decir, en el trabajo enderezado hacia el supremo bien, se postula esa conexión como necesaria: debemos tratar de fomentar el supremo bien (que, por tanto, tiene que ser posible). Por consiguiente, se postula también la existencia de una causa de la Naturaleza toda, distinta de la Naturaleza y que encierra el fundamento de esa conexión, esto es, de la exacta concordancia entre la felicidad y la moralidad”. Dios, incognoscible para la razón pura teórica, aparece ahora como un postulado de la razón práctica necesario para afirmar la posibilidad del sumo bien. Kant no ignora que no siempre quien obra bien es feliz. Por eso, para poder afirmar que, en definitiva y más allá de las circunstancias, quien obre moralmente será feliz y quien no lo haga no, necesita postular tanto la inmortalidad del alma como la existencia de un Dios justo. En la vida posterior a la muerte será Dios quien garantice esa conexión.

Tomas de Aquino

Hijo de Landolfo, conde de Aquino, Tomás, el filósofo escolástico de mayor trascendencia y uno de los más importantes filósofos cristianos de todos los tiempos, nació en Roccasecca (cerca de Aquino, Italia) en 1224. Luego de hacer sus primeros estudios en el monasterio benedictino de Monte Cassino y en la Universidad de Nápoles, ingresó con veinte años de edad a la orden dominica. Por ese entonces falleció su padre y su madre, que no aceptaba que su hijo ingresase en una orden mendicante, lo encerró en el castillo de la familia con el fin de hacerlo desistir de su decisión. Pero luego de más de un año, habiendo comprendido que no lograría su propósito, lo dejó marchar a París para continuar con su formación religiosa. Allí estudió con Alberto Magno. En 1248 se trasladó a Colonia (Alemania) siguiendo a su maestro. Tomás era de cuerpo grande y solía presenciar las clases desde los últimos lugares, tomando apuntes y permaneciendo en silencio. Sus compañeros lo llamaban "buey mudo". Cuenta la tradición que Alberto Magno dijo al respecto: “este buey un día llenará el mundo con sus bramidos”, y a juzgar por la bastedad y la repercusión de sus escritos podemos decir que fue así. En 1252 retornó a París para graduarse como Maestro de Teología. Enseñó en París entre 1256 y 1259, y continuó luego con esta labor en distintas ciudades italianas. Se estableció nuevamente en París entre 1269 y 1272, año en el que retornó a Nápoles. Redactó mientras tanto sus dos obras fundamentales: la Suma contra gentiles y la Suma teológica. Murió en el año 1274, mientras viajaba al Concilio de Lyón, en el monasterio cisterciense de Fossanova.
Entre sus obras encontramos los Comentarios a Aristóteles, las dos Sumas y las Cuestiones disputadas. Los Comentarios presentan, explican y critican los escritos de Aristóteles. La Suma Teológica (su obra más extensa) es una presentación completa y simplificada (esa es su intención) de su pensamiento para principiantes en el estudio de la Teología. La Suma contra gentiles, por el contrario, brinda una fundamentación aún más profunda de los temas tratados. Entre las cuestiones disputadas se destacan De Veritate y De Potencia.
Tomás distinguía con claridad la razón y la fe, la Filosofía y la Teología, pero estaba seguro de que, como ambas nos conducen a la verdad, entre ellas debe haber concordancia. La Filosofía pertenece al ámbito de la razón, en ella sólo hay lugar para las verdades a las que accedemos con la luz natural de la razón. Por su parte, la Teología acepta como verdadero el dato revelado. Para ella hay una autoridad por sobre la razón, Dios mismo. La Teología reconoce como verdaderos los artículos de fe aunque no siempre logre comprenderlos plenamente. Cuando se da un desacuerdo entre las afirmaciones de la Filosofía y el dato revelado, estamos en presencia de un error; y como el error no se puede asignar a la revelación (que proviene de Dios) podemos estar seguros de que quien se equivoca es la Filosofía. En algunos casos el error del filósofo se debe a que ha pretendido penetrar con la razón un campo que escapa a sus competencias y que se encuentra reservado a la fe (como los misterios de la Encarnación o la Trinidad).
Entre los datos revelados encontramos muchos que versan sobre verdades que caen dentro del ámbito de la razón, que no tratan sobre el misterio y lo indemostrable. Tomás considera que siempre es mejor entender que creer y que nos corresponde a nosotros esforzarnos por alcanzar con la razón la plena comprensión de aquellas verdades reveladas que no superan su capacidad y caen bajo su luz natural. La Teología Natural sabe por la fe hacia dónde se dirige, pero progresa por la sola razón. La fe actúa allí, por tanto, como norma negativa, indicando los errores cuando los hay pero no aportando argumentación positiva alguna para respetar la autonomía del campo filosófico.
Sus demostraciones de la existencia de Dios, conocidas como "Las Cinco Vías", han tenido una trascendencia enorme. Tomás considera necesario demostrar la existencia de Dios por no ser ésta evidente para la razón humana; y considera, a su vez, que esta demostración es posible si partimos de la observación de los entes sensibles. No reconoce como válida la demostración de Anselmo que prescinde de la experiencia. "Las cinco vías" son cinco en la Suma Teológica, pero en la Suma contra los gentiles son cuatro. En realidad, el número no es decisivo; lo importante es la estructura común a todas ellas, a partir de la cual se podría incluso formular otras vías similares e igualmente válidas. Todas las vías parten del ente sensible, constatando alguna propiedad suya y preguntándose por su causa (se fecunda el dato sensible con el Principio de Causalidad). Como la serie de causas no puede ser infinita, porque de ser así no habría una causa primera y por tanto no habría causas segundas, esta serie nos remite a una primera, que es Dios, por lo que se concluye que Dios es o existe.
La primera vía (seguimos el orden de la Suma teológica) parte del movimiento de los entes. Pero como todo lo que se mueve es movido por otro, el movimiento de un ente nos remite a otro como causa de ese movimiento. Y si este motor es a su vez movido por otro, nos remite a su vez a otro motor, causa de su movimiento. Más como en esta serie no podemos elevarnos al infinito, es necesario afirmar que hay un Primer Motor que no es movido por nada y que es, por tanto, un Motor Inmóvil.
La segunda vía parte de la subordinación de las causas eficientes y llega a Dios como Causa Incausada. La tercera parte de la contingencia de los seres y se remonta hasta Dios como Primer Necesario. La cuarta tiene como punto de partida los diferentes grados de perfección de los entes y llega a Dios como el Ser Máximo e Infinito. Y la quinta vía comienza observando la ordenación a un fin que se percibe en el obrar de los entes para culminar afirmando la existencia de Dios como Supremo Director del Universo.
Subyace a las vías la afirmación de que las cosas no son la razón de su propia existencia. Cada ente es una cosa determinada, un "algo que es", y su esencia ("algo") no incluye su existencia ("es"). Por eso es que todas las cosas necesitan recibir de otro su existencia. La causa de todas las cosas es aquello (o aquel) que es por sí. En la causa primera de todas las cosas se identifican esencia y existencia (su esencia es su propia existencia). Esta causa primera, que es Dios, no sólo tiene en sí la razón de su existencia sino la capacidad de comunicar la existencia a todas las cosas. Y en este sentido entiende Tomás la afirmación del Éxodo 3,14 (“Yo soy el que soy”): Dios es acto puro de existencia.
Dios crea todas las cosas de la nada, por un acto libre de su voluntad. La existencia del mundo no le agrega a Dios ninguna perfección así como su no existencia no lo disminuye en nada. Todo lo que Dios ha creado preexistía en su pensamiento antes de la Creación. Al conocerse a sí mismo, en cuanto participable, Dios conoce todas las cosas reales y posibles desde toda la eternidad. En cuanto a la disputa en torno a la eternidad del mundo, Tomás sostiene que la razón no puede resolver esta cuestión, al tiempo que afirma que según el dato revelado debemos creer que el mundo a tenido un comienzo, aunque nos resulte indemostrable.
En la jerarquía de los seres, el hombre se encuentra entre las inteligencias puras (los ángeles, que carecen de materia aunque no de esencia y existencia), y los cuerpos. El alma del hombre pertenece al ámbito de los seres inmateriales pero no es una inteligencia pura sino la forma de un cuerpo. Tampoco es una forma más, como las de los demás entes materiales, sino una forma substancial, capaz de subsistir sin el cuerpo. Ahora, si bien el alma subsiste sin el cuerpo, el hombre no. El hombre es la unión del cuerpo y del alma. De allí la necesidad de la resurrección, si es que quien ha de vivir eternamente es el hombre y no el alma sola.
Tomás sostiene que conocer es abstraer de las cosas lo universal que se encuentra contenido en ellas. El objeto propio del entendimiento humano es el ente sensible, que percibimos por los sentidos. El conocimiento comienza con la experiencia, con la que formamos la imagen sensible (especie sensible) del ente en cuestión. El intelecto agente, que está en acto de conocer, toma de esta imagen las formas universales y conforma la especie inteligible. El intelecto agente imprime esta especie inteligible en el intelecto posible o pasivo, donde permanece como especie impresa. Ésta última hace las veces de especie expresa cuando es referida a sus objetos correspondientes, actuando como medio de expresión (palabra) a través del cual el entendimiento refleja el mundo.
Se puede identificar su postura respecto del la disputa sobre los universales como realismo moderado. Por un lado, ubica los universales, en cuantas abstracciones, en el intelecto, contra el realismo que los considera existentes en sí mismos. Por otro, considera que hay en las cosas existentes una base para los universales (la forma), diferenciándose con ello de los nominalistas y los conceptualistas.

Agustín de Hipona.

Agustín, considerado el más grande entre Los Padres de la Iglesia y uno de los filósofos cristianos más importantes de todos los tiempos, nació en el año 354 en la ciudad de Tagaste, en la provincia romana de Numidia (hoy Argelia, en el norte de África). Su padre era pagano y su madre cristiana (santa Mónica).
Estudió Retórica en Cartago. Allí cayó en sus manos el Hortensius de Cicerón, que contenía una exhortación a dedicarse a la Filosofía. “El libro cambió las intenciones de mi corazón —dice Agustín—. De repente se marchitaron para mí todas las vanas esperanzas, con increíble fervor del corazón anhelé una sabiduría incorruptible.” Comenzaba así su largo camino de búsqueda interior, camino que lo llevaría en primer lugar al maniqueísmo.
Entre los quince y los treinta años convivió con una mujer con la que tuvo un hijo (Adeodato) en el 372.
Ya distanciado del maniqueísmo, marchó a Roma, donde trabajó como maestro de Retórica. Allí entró en contacto con el escepticismo de la Academia de su tiempo y con el epicureísmo. Se trasladó luego a Milán, donde comenzó a frecuentar las homilías del obispo Ambrosio (luego san Ambrosio), para deleitarse y aprender de su afamada retórica. Leyó por esta época las Enéadas de Plotino y comprendió que más allá de este mundo material había otro ideal y que, contra lo que afirmaban los maniqueos, Dios debía ser inmaterial.
Según cuenta él mismo, un día creyó escuchar una voz de niño que le decía: «Toma y lee.» Interpretó que Dios le estaba pidiendo que tomara la Biblia y la leyera, y así lo hizo. La abrió y leyó el primer pasaje que apareció ante sus ojos: “[…] nada de comilonas y borracheras, nada de lujurias y desenfrenos, nada de rivalidades y envidias. Revestíos más bien del Señor Jesucristo, y no os preocupéis de la carne para satisfacer sus concupiscencias” (Rom. 13, 13-14). A partir de ese momento abrazó el cristianismo. Neoplatonismo y cristianismo se constituyeron en las dos fuentes principales de su pensamiento.
El propio Ambrosio lo bautizó en el año 387. A este período corresponden sus primeras obras. Al año siguiente murió su madre (su padre ya había fallecido en 371) y en 388 regresó a su ciudad natal, donde fundó un monasterio, continuando, a su vez, con su labor de escritor.
Fue ordenado sacerdote en 391 y obispo de Hipona en 396. Le tocó ser pastor de la Iglesia en una época difícil, en lo que se refiere a la política. En el plano político, el Imperio se desmoronaba y sufría invasiones que llegaban hasta la mismísima ciudad de Roma. En el plano religioso, distintas herejías confundían a los fieles y dividían a la Iglesia. Entre estas últimas se destacan el maniqueísmo, que el propio Agustín siguió en su juventud, con su afirmación de que hay dos principios igualmente poderosos, uno del bien y otro del mal, doctrina de origen persa que se presentaba con un ropaje cristiano; y el pelagianismo, que negaba la doctrina del pecado original. Estas discusiones le permitieron desarrollar sus doctrinas sobre el pecado original, la gracia divina y la libertad humana. Agustín murió en Hipona, en el año 430, durante la invasión de los vándalos.
Entre sus obras se destacan Contra académicos, contra el escepticismo de la Academia nueva (386); De beata vita, sobre la vida feliz (386); De ordine, sobre el orden de las cosas y el mal (386); Soliloquia, sobre el conocimiento y la inmortalidad (386-387); De libero arbitrio, sobre la libertad y el mal -contra los maniqueos- (388-395); De magistro, sobre la educación (399); Confesiones, donde realiza una introspección de una profundidad inigualable (387-401); De trinitate, sobre la relación entre la razón y la fe, y el misterio trinitario (400-416); De civitate Dei, sobre la ruina del Imperio, el cristianismo y la Historia (413-426).
Al dejar el maniqueísmo, Agustín pasó por un período de escepticismo. No creía que el hombre pudiera llegar a la verdad y consideraba más bien que sólo era capaz de emitir opiniones probables. Pero encontró la superación del escepticismo en los datos de conciencia, inmediatamente evidentes, lo que lo acerca a Descartes y a Husserl. “¿Duda alguien de que vive, de que recuerda; de que conoce, quiere, piensa, sabe y juzga? Pues si duda, vive… Podrá alguien dudar acaso sobre lo que quiere, pero de esta misma duda no puede dudar.” Incluso “si me engaño, existo”, y de ello no cabe dudar.
Agustín entendía que la verdad era eterna y necesaria. Y a estas características sólo respondían los contenidos ideales (como 2 + 2 = 4), pero no el conocimiento de las cosas obtenido a través de los sentidos, que es siempre particular y circunstancial. Por eso no creía que los sentidos fueran la fuente del conocimiento. Incluso afirmaba que la experiencia sensible es posible porque el alma la guía con sus reglas e ideas. Así, por ejemplo, necesitamos el conocimiento de lo uno para percibir lo múltiple, y a éste no lo obtenemos de la experiencia, pues en el mundo no hay unidad verdadera sino divisibilidad hasta el infinito. La fuente de la verdad hemos de buscarla en el interior del hombre, en su espíritu. Y no al modo de las ideas innatas cartesianas que el hombre encuentra en sí mismo, sino yendo más allá del propio espíritu, remontándonos hasta Dios.
La Teoría del Conocimiento de Agustín es conocida como "Teoría de la Iluminación" y se inspira en un pasaje del primer capítulo del Evangelio de Juan, en el que se lee que el Verbo es “la luz que ilumina a todo hombre que viene a este mundo”. Las ideas eternas, inmutables e increadas, se encuentran en Dios, y él nos las comunica al conocer, de un modo natural (y no milagroso o sobrenatural). Al mundo lo vemos y pensamos gracias a la luz de las ideas, ideas que no nos pertenecen, sino que pertenecen a Dios, quien nos las comunica iluminándonos para que podamos conocer.
¿Qué es la verdad? No tanto la adecuación de nuestro intelecto a la cosa (verdad lógica), sino más bien a las ideas, especies eternas o modelos en la mente de Dios, según las cuales todo fue hecho (verdad ontológica). La verdad, por tanto, se identifica con Dios. Él es la verdad de las cosas, que fueron hechas según sus ideas divinas.
La misma reflexión sobre la verdad y el conocimiento le permitirá a Agustín formular una demostración de la existencia de Dios (no la única). El hombre conoce verdades eternas, inmutables y necesarias. Y estas verdades no pueden provenir de él mismo, que es mutable, temporal y perecedero. Por tanto, al conocer verdades ya conocemos a Dios (obviamente no en forma total, pero sí con certeza en su existencia), pues las ideas son de Dios, le pertenecen.
Agustín recoge la afirmación de Éxodo 3,14: cuando Moisés le pregunta a Dios cuál es su nombre, Dios responde: «El que es.» (Yahvé) “Todo lo que en Dios hay no es otra cosa que ser”, dice Agustín. Pero, a diferencia de Tomás, comprende el "ser" en clave platónica, como "mismidad" (ser idéntico a sí mismo), como inmutabilidad. Todo lo que es, es porque Dios le participa el ser. Así se entiende el acto creador de Dios. Dios crea de la nada, sin que preexista materia alguna a su acto creador.
Dios, en cuanto ser inmutable, está fuera del tiempo. Comienza a haber tiempo con la Creación. Por eso no tiene sentido preguntar, como hacían muchos en aquella época para poner en aprietos a los partidarios de la Creación, ¿qué hacía Dios antes de la Creación? La misma pregunta carece de sentido, porque no hubo un "antes" (tiempo) de la Creación, no hubo tiempo antes del tiempo.
Ahora bien, si Dios lo ha creado todo de la nada y, por lo tanto, todo ser proviene de Dios, ¿cómo se explica el mal? La reflexión sobre el problema del mal había llevado a Agustín, en su juventud, al maniqueísmo. Pero Agustín ha madurado y tiene ahora una respuesta para ello: el mal no es. Ontológicamente hablando no hay mal, no hay nada malo. El ser, que proviene de Dios, es bueno. Lo que llamamos mal no es sino privación o ausencia de bien, pero en sí mismo no es nada, no tiene substancia.
La antropología de Agustín muestra la tensión entre su convicción, como teólogo cristiano, de que el hombre es una unidad de cuerpo y alma, y su raíz platónica que lo lleva a concluir que el “hombre es un alma racional que tiene un cuerpo mortal y terreno para su uso”. No acepta del platonismo la preexistencia del alma, afirmación indispensable para quienes entienden el conocimiento como reminiscencia pero no para Agustín y su Teoría de la Iluminación.
En cuanto a las relaciones entre razón y fe, Agustín sintetiza su pensamiento en un pasaje de su sermón 43: “Comprende para creer, cree para comprender.” El asentimiento a las verdades de fe está precedido por la razón, que demuestra que es legítimo creer en ellas (aunque no demuestra su contenido de verdad). Pero también es seguido por la razón, que interviene, luego del acto de fe, para profundizar en el contenido de esas verdades, cosa que sin la fe la razón no podría hacer.
En La Ciudad de Dios (una verdadera filosofía y teología de la Historia) analiza la decadencia del Imperio Romano de Occidente, que era por entonces endilgada al cristianismo. Según Agustín, el hecho crucial de la Historia no es la caída del Imperio sino la encarnación del Verbo. La Historia es el espacio en el que el hombre ejerce su libertad optando entre el bien y el mal, entre la "ciudad de Dios", fundada en el amor a Dios, y la "ciudad terrena", basada en el amor a sí mismo. La obra constan de veintidós libros. Los diez primeros polemizan con el panteísmo y los restantes giran en torno a la Iglesia, su origen y su misión en el mundo.
En el terreno político, el enfrentamiento con el donatismo lo llevó a admitir el uso de la fuerza por parte del Estado para imponer la religión verdadera.